ESE DÍA
Unas
semanas antes de ese día…
Habían comenzado los preparativos. Bueno,
más bien, habían comenzado nueve meses antes. La noticia había llegado como un
rayo de alegría. Dicen que el abuelo cogió el cucharon y la cacerola más grande
que había en la cocina de su prestigioso restaurante y, emocionado, comenzó a
recorrerlo golpeándola reproduciendo la banda sonora más alegre que ningún
compositor clásico había podido crear con las siete notas musicales.
Hasta los preparativos de la Navidad
se habían adelantado a unas semanas antes. El árbol decorado desde finales de
noviembre y las plantas de Pascua ubicadas en cada punto estratégico de la casa.
Este año se esperaban muchas más visitas, y el rojo de las hojas aportaría un
toque cálido y hogareño que haría sentirse mejor a todo aquel que se acercara a
dar la enhorabuena. Pero si algo tenía un brillo especial ese año eran las
pequeñas figuras que daban forma al Nacimiento. Como hace dos mil años se iba a
repetir el milagro que hace que una nueva vida llegue al mundo. La tradición en
la familia era colocar todas las figuras y dejar el pesebre vacío hasta la
noche de Nochebuena. Antes de empezar la cena, cuando todos estaban alrededor
de la mesa, leían la vieja historia de lo acontecido en el pequeño pueblo de
Belén y, al acabar, el más pequeño de la familia colocaba al recién nacido en el centro del Nacimiento.
Ella, previsora como ninguna, había decidido saltarse ese paso y ya había
colocado al niño en el interior del pesebre. Cuando estaba a solas le gustaba
acercarse a él y mirarlo. Mientras lo hacía, acariciaba su barriga y en esos
instantes sentía algo especial que con nadie se atrevía a compartir, y es que
estaba harta de escuchar siempre lo
raras que se ponen las primerizas.
-Tú sí que me entiendes, ¿Verdad,
María?
Siete días antes de ese día.
Era 18 de diciembre, qué día más
bonito para nacer, decía él una y otra vez. Me gusta mucho ese número creo que
tiene un significado especial. Ella quería gritar que se callara, que dejara de
repetir lo mismo, pero no sabía cómo hacerlo. El intenso dolor solo lo podía
canalizar apretando el brazo de su marido con más y más fuerza, clavando las uñas
en la carne, intentando atravesarlo. Él ya no sentía dolor, bueno, sí lo sentía
pero no se atrevía a decir nada. Es un parto, el de una primeriza y jamás compararía
eso con unas uñas afiladas seccionando su antebrazo.
Era el bebé más bonito del mundo al
nacer. Eso decían todos los que durante esos días se acercaron hasta el
hospital. Las visitas fueron tantas que la habitación llegó a estar ocupada de
bisabuelos, abuelos, tíos, tíos abuelos, sobrinos, amigos…, y, de vez en cuando,
se atrevía a entrar algún médico o enfermero para realizar alguna prueba y
recordar que todavía estábamos en un hospital.
-Otro pinchazo, y ahora es para el
peque. Por tanto, todos fuera.
La enfermera lo dice con tono serio, a
pesar de que lleva en la cabeza uno de esos gorros rojos y blancos típicos de
estas fiestas.
-¿Para el bebé?- pregunta el abuelo preocupado- ¿Pero no le
hará daño?
Su mujer lo coge del brazo y lo saca
de la habitación, sabe que no es la primera vez que se desmaya al ver la sangre.
-Le vamos a repetir la prueba del
talón otra vez, con el lío de estas fechas se ha perdido la que le hicimos hace
dos días. No os preocupéis, mañana os damos el alta. Como todo irá bien ni
siquiera os llamamos a casa para dar el resultado. Esto es pura rutina.
-Me tranquiliza que lo diga con ese
gorro en la cabeza - dice él siempre tan
irónico.
Era cuando todos se iban el mejor
momento del día. Los tres solos en la habitación, juntos. En el silencio, sin
saber qué decir, con la mirada clavada en el pequeño. Como esas figuras del
Nacimiento que hay en casa, piensa ella.
-Tú sí que me entiendes, ¿verdad,
María?
Dos días antes de ese día
Ambos pasean por la calle. Es el
primer día que se han atrevido a salir de casa con el pequeño. Los tres juntos,
cayendo la tarde, con las luces iluminando las calles, la música de los
villancicos, inundando el ambiente. Hace
frío pero el pequeño está dormido y antes de que vuelva a comer, aún pueden estirar un poco las piernas.
La gente los para, los felicitan, les
dicen lo afortunados que son y lo especial que van a ser estas fiestas para
ellos. Otros les dicen que cuando el peque crezca disfrutará más de las Navidades, y ellos y su familia
mucho más, que es ahora cuando se siente el auténtico espíritu navideño. No
llegan donde quieren ir y ya casi están pensando en volver. Pero hay que ser
valiente y seguir. Error. Un grupo de
amigas de la abuela se acerca hasta el carrito del bebé. Todas quieren ver como
duerme, todas quieren ver qué ropita lleva, todas quieren ver si las puntillas
de las vestiduras del carro son tan buenas como su amiga, la abuela, se lo ha
hecho saber desde que las compró en verano. En ese instante en el que todos
están alrededor del carro algo se mueve en el bolsillo del chaquetón de ella.
Hace mucho que su teléfono no tiene sonido, desde que él nació. Y por los pelos
atiende a las llamadas telefónicas cuando siente el movimiento del teléfono. Se
aparta del grupo para descolgar. Deja solo a su marido, rodeado.
En ese momento se apagan las luces de
la calle, no escucha la música, no siente el frío de diciembre, le rodea la
oscuridad. Hay que repetir las pruebas, repite en su cabeza. Hay que repetir
las pruebas. Una y otra vez la misma frase. No ha podido preguntar por qué.
Solo sabe que hay que repetir las pruebas, mañana por la mañana en el Hospital
General.
El camino a casa se les hace eterno,
deben llegar cuanto antes. Es su refugio, la muralla que les mantendrá a salvo
de no saber qué. Sienten que deben llegar, cerrar la puerta y esperar a que
llegue mañana.
-¿Repetir las pruebas otra vez? -Pregunta
él.
-Sí, eso me ha dicho. Que las dos que
le hicieron mientras estábamos en el hospital han dado un resultado extraño y
le van a hacer otra más minuciosa. Para descartar cualquier cosa.
-¿Cualquier cosa?
Él hace preguntas, más bien busca
respuestas. Ella solo quiere silencio. Un silencio que está habitado de miedo,
de frío, de oscuridad… a pesar de estar en casa, sentada en su mecedora,
abrazando a su pequeño. En ese momento clava la mirada en ella.
-Tú sí que me entiendes, ¿verdad,
María?
Ese día… era Nochebuena
La tradición es la tradición y eso
nada lo puede detener. Todos corren de un lado para el otro sin parar. Pero en
torno a ella el mundo parece que pasa muy despacio. Es la primera vez que se ha
separado de su pequeño. La abuela cuidará de él. Solo será una hora, en el
hospital saben que el pequeño necesita del cuidado de su madre. Será rápido.
Gabriel es el médico que los recibe.
Aunque parece joven, está acostumbrado a dar este tipo de noticias. Conoce lo
que va a pasar, sabe perfectamente cómo reaccionarán los padres: estarán
callados, dirán que no entienden nada, no harán preguntas… y los verá derrumbarse.
Saber que desde ese momento tu hijo será especial, que su vida será otra, muy
distinta a la que planificaste, a lo que dice la sociedad que es normal, es una
noticia que ninguna persona está preparada para dar, y, mucho menos, recibir.
Llegar a casa, a veces puede ser un
castigo, pero hoy más que nunca es un regalo. Sus pasos se dirigen al salón, le
llevan directamente a su encuentro. Ella está ahí, serena y quieta, junto a su
hijo. Entre sus manos siente su
pequeñez, sus dedos recorren su cara, clava sus ojos en sus ojos. Y escucha…
-Tú sí que me entiendes, ¿verdad, Paula…?

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