La magia que tiene sentir
Pues aquí sigo yo, un año más esperando a que se abra la
tapa de la caja. Siempre este es uno de los momentos que vives con más emoción.
Lógico, me voy a encontrar nuevamente con ellas. Aunque ya no soy el que era. Todos
los años tengo que escuchar que es necesario cambiarme por otra, que se me nota
algo desgastado, hasta “ese” me ha llamado viejo, menos mal que ella siempre me
defiende. Uno tiene sus años, sí, ante mí han pasado dos generaciones y pronto
veré nacer a la tercera. Y, también, me he llevado muchos golpes en todo este
tiempo, como aquella vez empujaron tan fuerte el árbol que me lanzaron dentro
de la chimenea, si llega a estar encendida hubiera sido mi fin, una estrella
fugaz…
He de reconocer también que ser la estrella del árbol de
Navidad da como cierto prestigio. Situarse en lo más alto, tener al resto de
adornos a tus pies y poder ver todo lo que pasa en el gran salón es un
privilegio que está al alcance de muy pocos. Pero también tiene su parte
negativa, sobre todo cuando llega la hora de recogernos en las primeras semanas
de enero, no llevan nada de cuidado y nos dejan caer en cualquier sitio de la
caja. No se preocupan si estás al fondo
y todos los demás te aplastan, o quién te ponen al lado, porque hay cada bola
que es muy pesada, y un año entero a su lado puede ser larguísimo.
Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando cómo
he llegado aquí, cómo he llegado a ser LA ESTRELLA DEL ÁRBOL de Navidad. Bueno
es una historia que empieza con un abrazo a la persona que más ganas tenía de
abrazar, a mi madre. Un abrazo en el que podía notar su corazón latir dentro de
mi pecho, su alma en la mía. Un abrazo capaz de curar el dolor que sentía por
haber marchado de su lado para siempre. Era un abrazo que sonaba a te quiero, a
te he echado de menos durante estos dos años. Un abrazo que sustituía a mil
palabras. Y cuanto más y más fuerte abrazaba noté como unas manos rudas me
agarraban fuerte por los brazos y me apartaban de ella. Me giré y era él. Lo
miré, lloré, lloramos. Era la primera vez que veía a mi padre llorar, y tenía
que ser en el cielo. Y es que, de nuevo,
los tres estábamos juntos otra vez como la familia que fuimos, que
éramos.
Durante esos primeros momentos pensé que mereció la pena
haber muerto, solo por estar esos instantes con ellos. Que mereció la pena
haber llevado a cabo ese acto que unos llamaban heroico, y otros locura. Y
ahora aquí estoy abrazando y besando a uno y a otro entre lágrimas de alegría.
Me cuentan que desde el cielo lo han visto todo. Que es como una gran pantalla
cine, y nos han seguido en todas y cada una de nuestras aventuras como familia.
Me dicen que Arancha iba guapísima el
día de la comunión de la pequeña, a mi
padre no le gusta que Marta se vista con la camiseta del Real Madrid, “si yo
hubiera estado ahí abajo ahora mi nieta sería del Atleti como su abuelo” me
repite refunfuñando. De Irene me dicen lo mayor que está, que aún recuerdan el
día que fueron a verla al hospital nada más nacer, y cómo se ha hecho ya una
mujer. Poco a poco me van enseñando también el lugar, todo es muy acogedor
decorado en tonos azules y blancos, el cielo es como siempre nos lo habíamos
imaginado. También, saludamos a gente que hacía mucho tiempo que no veía. Un
viejo conocido me dice eso de “me alegro verte por aquí”. No sé muy bien qué
contestarle porque yo no quería morir. Le sonrío y seguimos con el paseo.
-¿Qué son esas estelas blancas de ahí arriba? Le pregunté
a mi madre.
-Ángeles. Van y vienen a todos lados. Se encargan de que
no nos falte nada a los que estamos por aquí. Cualquier cosa que necesitemos se
la podemos pedir. Muchas veces saben lo que queremos antes que nosotros.
-¿Cualquier cosa?
-Sí, son amables y serviciales. Cada uno de nosotros
tenemos asignado uno y si hacemos sonar este cascabel vendrá en un instante.
-¿Cascabel? Yo no tengo nada de eso.
-Es pronto todavía, debe pasar un tiempo para que te
asignen uno. Pero, mientras te podemos presentar al nuestro.
Mi madre hizo sonar el cascabel y de la nada, como un
rayo, se presentó nuestro ángel. Como todos era de cara regordeta y de pequeño
tamaño. Era una chica. De este ángel destacaba una larga melena rizada que le
cubría toda la espalda. Y, sobre todo, unos ojos azules que reflejaban la
alegría de sentir, ,hacer el bien en cada una de sus acciones.
-Sé para qué me habéis llamado y ya os digo que eso es
una locura. Dijo el ángel sin parar de moverse. Era un ángel muy nervioso.
-¿Qué sabes? Si ni siquiera hemos hablado contigo -respondió
mi madre.
-Sé lo que él quiere hacer. Me lo ha dicho el de más
arriba y ¡No! Está totalmente denegado.
No sé cómo. Pero lo sabían. Sabían que quería bajar y
estar con ellas, sentirlas a mi lado, tocarlas, abrazarlas por última vez. Porque si no era así este cielo se
convertiría para mí en un largo infierno.
-Si eres un ángel de verdad, te suplico que lo hagas.
Solo una última vez.
Los ángeles lloran, o al menos este lo hizo. Y conmovido
me dijo:
-Haremos un pacto. Bajarás ahora, tienes suerte, es la
noche de Nochebuena, piensa en un objeto en el que quieras estar, tu alma lo
habitará, y de esta forma sentirás como si fueras una persona más. Pero, como
Cenicienta, antes de las doce campanadas tendrás que hacer sonar el cascabel
para que pueda bajar a rescatarte. Si no lo haces te quedarás encerrado para
siempre en el objeto y nunca más vendrás al cielo.
-Lo haré. ¡Lo necesito! ¡Seré la estrella del árbol! Y el
grito sonó tan fuerte que el propio ángel me mandó callar.
-De esto, nadie, absolutamente nadie, se debe enterar. Coge
el cascabel, y recuerda “Ceniciento”
antes de las doce hazlo sonar.
Lo siguiente que recuerdo es verlas. Madre e hijas
lloraban junto a la caja de los adornos. La una les decía a las otras, siempre
era papá el que colocaba la estrella, ahora lo haremos nosotras, os levanto y
la colocáis. En ese instante noté cómo me agarraban, sentí el calor de sus
manos. Las sentí, eran ellas, mis hijas, y a su lado, ella, su madre, el amor
de mi vida. Estábamos otra vez los cuatro juntos. Sin lugar a dudas ese sí era
el auténtico cielo.
Pasé la noche contemplándolas, y lo confieso disfruté cuando sonaron las campanadas. “Lo
siento ángel, no voy a volver”. Aquí me quedo para toda la vida. Después de un
rato escuché como alguien me llamaba.
-¡Ey! ¡Que estamos aquí abajo!. Somos la bola dorada y la
bola roja. No te íbamos a dejar solo.
-¡Mamá! ¡Papá!
Comentarios
Publicar un comentario